ACTO EN RECUERDO DE MIGUEL ÁNGEL BLANCO EN VITORIA
Han pasado 29 años. La misma edad que tenía Miguel Ángel Blanco cuando ETA lo secuestró y asesinó. Un joven de Ermua, concejal del Partido Popular, que iba a trabajar un 10 de julio cuando la organización terrorista decidió darle un plazo de 48 horas a su vida, a su futuro.
Sus asesinos tienen nombre: Javier García Gaztelu, Txapote; Irantzu Gallastegui; y Jose Luis Geresta. No vamos a olvidarlos.
Como tampoco vamos a olvidar lo que ocurrió en las calles. Alrededor de dos millones y medio de españoles participaron en alguna de las manifestaciones que se convocaron en toda España durante aquellos días. En Bilbao, medio millón de personas salieron juntas: la mayor manifestación contra ETA de la historia. Gritaron: «Sin pistolas no sois nada».
Trazaron la línea más importante de nuestra historia reciente: la que separa a los demócratas de los terroristas. Y la sostuvieron con dignidad y sin rendirse.
De esa resistencia cívica nació algo que ningún terrorista supo prever. Nacía el Espíritu de Ermua. Y ese espíritu es el legado de Miguel Ángel Blanco.
Un legado que no pertenece al pasado. Un legado que nos interpela hoy, directamente, a cada uno de nosotros.
Un legado que nos compromete.
Nos compromete a defender la verdad de lo que ocurrió. ETA fue una organización terrorista que durante más de cincuenta años asesinó, secuestró, extorsionó y persiguió a quienes pensaban diferente.
Durante demasiados años en España hubo personas que vivieron señaladas, escoltadas y amenazadas. Personas que tuvieron que mirar debajo del coche cada mañana o cambiar las rutinas de sus hijos.
Mientras tanto, los terroristas decidían quién merecía vivir y quién debía morir.
ETA fue derrotada gracias al sacrificio de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, a la independencia de la Justicia y a la resistencia cívica de la sociedad española.
Pero también fue derrotada por miles de personas anónimas que jamás ocuparán titulares ni aparecerán en libros de historia. Personas que siguieron adelante pese al miedo. Concejales amenazados. Periodistas señalados. Profesores, jueces, empresarios, policías, vecinos y ciudadanos corrientes que defendieron la libertad desde la normalidad de sus vidas.
Olvidar o manipular esa historia, relativizar o blanquear el terrorismo, es pervertir la democracia que nos ampara y humillar a las víctimas.
Porque la verdad no es negociable. No lo fue cuando más nos costaba defenderla, y no puede serlo ahora.
Las víctimas del terrorismo no pedimos venganza. Pedimos que se diga la verdad, que se haga justicia, que se respete la memoria de quienes lo perdieron todo.
El legado de Miguel Ángel Blanco nos compromete a no apartar la mirada de lo que está ocurriendo ahora mismo. Porque esa verdad que tanto nos costó defender sigue siendo atacada hoy, de otras formas y con otros instrumentos.
A lo largo de este año, los presos de ETA han alcanzado su mayor nivel de beneficios penitenciarios. Sin arrepentimiento, sin colaboración con la Justicia, sin un solo gesto hacia las víctimas. Y más de 300 asesinatos siguen sin resolverse.
Su legado nos compromete a recordar que EH Bildu, heredero político de quienes mataron a Miguel Ángel Blanco, no condena su asesinato ni ningún otro. Un partido que lleva terroristas con delitos de sangre en sus listas electorales y que nunca ha realizado la más mínima autocrítica.
Un partido que impulsa la mayoría de los homenajes a presos de ETA cada verano en las en las fiestas del País Vasco y Navarra. Solo en el verano de 2025 se celebraron 135 homenajes a presos de ETA.Y esto no es libertad de expresión, es humillación a las víctimas del terrorismo.
Homenajes a los asesinos, impunidad para sus crímenes, silencio ante las víctimas. Esa es la realidad que vivimos 29 años después.
Su legado, nos compromete a exigir justicia. Los asesinos deben cumplir sus condenas, sin atajos, sin alegalidades. La justicia no puede negociarse ni puede ser moneda de cambio en ningún pacto de gobierno.
Y nos compromete a combatir la desmemoria.
La sociedad española tiene la obligación moral de transmitir a las nuevas generaciones lo que ocurrió. No para alimentar el enfrentamiento, sino para que el olvido no abra la puerta a la manipulación. Y aquí queremos hablar directamente a los jóvenes, a quienes no vivieron aquellos días de julio de 1997.
Que los jóvenes sepan que Miguel Ángel Blanco no es solo un símbolo. Era una persona. Un hombre joven, bueno y valiente, que se sentía orgulloso de ser vasco y español sin complejos y, por eso, ETA lo eligió.
Porque no tenía miedo. Porque su sola existencia desmentía el relato de los fanáticos.
Que sepan que en julio de 1997 otros jóvenes como ellos salieron a la calle sin que nadie los convocara. Que llenaron plazas en Ermua, en Bilbao, en Madrid, en toda España. Que escribieron su nombre en carteles. Que lloraron por alguien a quien no conocían. Que esa respuesta —espontánea, masiva, sin miedo— fue el momento más importante de la historia reciente de nuestra democracia. Y que esa historia es también la suya.
Tiene que saber que no se puede reescribir la verdadera historia, que no se pueden blanquear a los asesinos y convertir a los verdugos en víctimas. Que frente a ese relato falso, el mejor instrumento es conocer la verdad.
Hoy, como cada año, miles de ciudadanos y decenas de municipios de toda España le recuerdan. El nombre de Miguel Ángel Blanco vuelve a sonar en plazas y ayuntamientos de toda España. Y este acto nos recuerda que somos una sociedad que no olvida, que no se rinde, que sabe que la libertad tiene un precio que otros pagaron.
Su legado no es una página del pasado. Es la página que cada generación tiene la obligación de leer, entender y defender. Y por ello, su legado nos compromete un año más.
Muchas gracias