El botín de los asesinos. POR FERNANDO SAVATER

Ha dicho Mario Calabresi, hijo del comisario Calabresi asesinado hace años por la Mafia, que alguien puede ser un exterrorista pero no un exasesino. El terrorismo es un oficio práctico que uno puede dejar de practicar cuando las circunstancias lo aconsejen o logre los objetivos que antes persiguió con la violencia por medios menos arriesgados. Pero haber matado a un semejante no es una tarea circunstancial que un día se ejerce y a la semana siguiente se abandona como cambiarse de traje: ser asesino te marca para siempre, te convierte en un ser humano distinto. El terrorismo puede dejarse atrás, incluso pretender olvidarse: pero el crimen siempre te acompaña, está a tu lado como el primer día. Y el crimen de la Mafia (o de ETA, que es lo que más se parece a la Mafia) no es nunca un gesto individual sino la culminación de un proyecto colectivo: asesino el ejecutor, pero también quien ordenó el crimen, quien informó de las costumbres de la víctima, quien ayudó a cometer la fechoría o encubrió al ejecutor. Y por supuesto asesinos también quienes justificaron o “comprendieron” el asesinato, quienes lo pretendieron excusar comparándolo con otros delitos y sobre todo quienes se beneficiaron políticamente del terror causado por la sangre derramada violentamente. En Euskadi hay muchos exterroristas que ya no ejercen el menester de sus años juveniles porque han encontrado empleos mejores, pero los asesinos siguen siendo asesinos, aunque nunca les hayan acusado formalmente de ese delito ni se hayan sentado jamás ante un juez. Y es fácil reconocerlos porque tienen un partido político que los representa y muchos jóvenes que les votan, quizá por nostalgia de no poder haber sido asesinos ellos también. Es ingenuidad o hipocresía escandalizarse porque EH Bildu presente en sus listas personas indudablemente vinculadas a los crímenes de ETA. ¿Siete? ¿Cuarenta y cuatro? No: todos pertenecen a esa mafia cuyos delitos nunca han condenado, aunque con cinismo hayan dicho que “ahora ya no toca”.

Han pasado veintiséis años de la inicua ejecución de Miguel Ángel Blanco. Tiempo suficiente para inventarse una memoria nueva, según la cual ni los terroristas son ya lo que fueron ni a los asesinos se les puede echar en cara lo que siguen siendo. Y encima hay que tragarse que fue el presidente Zapatero quien liquidó el terrorismo sin hacerle ninguna concesión, con la única ayuda de Otegi, ese hombre de paz. Pues bien, debemos negarnos a aceptar esa farsa. No apelo exclusivamente a las víctimas individuales sino a los españoles, porque la gran víctima de los asesinos de ETA fue y sigue siendo la España democrática. Hay que decirlo alto y claro: ¿qué los terroristas ya no ejercen? Pues santo y bueno, es que ahora no les convendrá. Pero los asesinos…ah, no, esos siguen siendo asesinos, y no sólo los que apretaron el gatillo, sino los cómplices, los justificadores, los apologistas, los beneficiarios… Y los asesinos, fuera cual fuese la fecha de su fechoría, no tienen derecho a querer ahora rentabilizar democráticamente el botín de su crimen.

Fernando Savater

 

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